Celebración
Por Carlos Calvimontes R.
Le divierte ver las imágenes que de él hacen sus amigos, pues es más viejo que como lo muestran. Sin embargo, tiene un corazón de eterna juventud, de gran bondad y buen humor, pendiente de todo. Siempre crea algo o sugiere hacerlo, pero también repara cosas o une lo que estaba roto. Como todo eso no llena su tiempo, aconseja y ayuda a sus amigos, a los que no lo conocen o dicen que lo ignoran, a enmendar sus desaciertos, a superar sus dificultades, a apreciar la vida, a admirar la belleza de la Creación, a buscar la armonía en sus actos y con sus semejantes. Siempre está ocupado en regalar a hombres y mujeres, ya sean niños, jóvenes o viejos, cosas hermosas y útiles, o infundiéndoles ideas para que ellos mismos las hagan. No espera gratitud ni reconocimiento, aunque le complace motivar esos sentimientos.
Tiene un hijo muy querido, y le es muy grato que se celebre el recuerdo de su nacimiento y el de su exaltación definitiva. Por ésta, se le ocurrió que para que sus amigos compartieran entre ellos esa alegría, debía sugerirles algo que se pudiese intercambiar y que tuviese la calidad de dar igual regocijo a quienes lo dieran y a quienes lo recibieran: alguna cosa que aunque efímera fuera motivo de risueñas expresiones.
Debía ser algo muy simple, sin costo significativo, agradable para todos, colorido y bello en su sencillez, con el sabor de un manjar incomparable, entregado por un simpático mensajero y recibido con la ruidosa manifestación de gozo de los más niños.
Para él no fue nada difícil conjugar tantas cosas diferentes, así que inspiró que debía ser un jovial conejo el portador de unos adornados huevos de chocolate, para ser recibidos por los niños de todas las edades.
¡Muy felices Pascuas!