Brindarse es un arte (I): ¿Cuándo ayuda una ayuda?
Nadie puede sobrevivir sin ayuda. La acción de dar y recibir es intrínseca a la condición de ser humano. Todo lo que tenemos lo hemos recibido: la vida, el aire que respiramos, el alimento, el cariño que nos abriga y contiene. Tampoco podríamos sobrevivir como humanos sin la oportunidad de ayudar a otros. Necesitamos sentirnos útiles para expresar nuestro potencial de amor, inteligencia y energía.
Cuando percibimos a otro sufriendo, se despierta en nosotros una resonancia y un deseo de ayudar. Para poder comprender el dolor del otro y poder colaborar con su necesidad de mitigarlo, el que ayuda ha de haber sufrido. En la medida en que todos conocemos el sufrimiento, todos podríamos ayudar.
Pero haber sufrido no es suficiente. No basta la buena voluntad y la buena intención. Hay que intuir y saber cómo hacerlo. Aliviar, cuidar, consolar, si no es la acción apropiada o el momento indicado, tiene un efecto debilitador y contraproducente. Imponer, indicar una solución, realizar el trabajo que debe hacer la persona que pide ayuda (o a la que quisieras ayudar) tampoco es lo adecuado.
Si no respetas ciertas reglas, la ayuda cae en un saco roto o incluso provoca lo contrario de lo deseado. La verdadera ayuda implica acompañar con respeto y humildad, reconociendo las cualidades, pero también las debilidades del que da, y honrando la necesidad del ser ayudado, así como su potencia y dignidad.
Extracto del artículo “Brindarse es un arte”, publicado en la revista Women’s Health, y escrito por Claudia Casanovas y Felisa Chalcoff, autoras del libro “El Arte de Ayudar” (Gran Aldea Editores, Buenos Aires, 2009).