Inspiración
Por Carlos Calvimontes R.
Heinrich Schiliemann, prusiano del siglo XIX, tuvo un origen humilde y era un niño cuando se interesó en los poemas homéricos. Después, a sus catorce años, escuchó recitar versos de Homero y no comprendiendo el griego se propuso aprenderlo. Trabajó en labores menores de comercio y, en la pobreza de su existencia, al llegar a sus 24 años ya sabía ocho idiomas; con ese bagaje, se independizó y pronto inició su fortuna, viajó mucho y estudió, recordando cada vez con mayor fuerza el interés que le despertaba el relato de la Guerra de Troya, hasta llegar a pensar que no se trataba de una leyenda, como se creía en esa época. Sin importarle la opinión adversa de experimentados arqueólogos, ya convencido de que sus sueños infantiles se harían realidad, ayudado por su riqueza realizó excavaciones que le premiaron con el hallazgo de los restos de la mítica ciudad cantada en La Ilíada.
Es la noche del 25 de abril de 1792, con las tensiones en la Francia que busca su destino y la reciente declaración de guerra de Luis XVI al emperador de Austria y al rey de Prusia, se respira la inquietud de los aprestos bélicos; el rumor del rodar de la artillería y de los desfiles militares se confunde con la algazara que disfraza las angustias por el incierto porvenir. En ese escenario, el barón Dietrich pide al joven capitán Rouget, modesto compositor, crear un himno vibrante que exalte el patriotismo. Llega el día siguiente y, en un instante prodigioso, Rouget se da cuenta que ha creado La Marsellesa.
Pueden ser los sueños de toda una existencia o el frenesí después de una noche sin sueño los que dan la inspiración suficiente para acertar con la pieza que faltaba, llenando de gloria una vida, prodigada a toda la humanidad.