Naves
Por Carlos Calvimontes R.
Fueron tres naves, la carraca Santa María y dos carabelas: La Pinta y La Niña, las que llegaron a un nuevo mundo un 12 de octubre, con el grito de Rodrigo de Triana. En el mismo día, 518 años más tarde, otras tres naves con un mismo nombre, Fénix, estaban dispuestas para transportar a sus eventuales ocupantes a un mundo distinto del que habían abandonado 69 días antes, atrapados bajo 622 metros de una mina en el norte de Chile. Se utilizó la Fénix II, de 4 metros de largo y diámetro de 53 centímetros. El primero que emergió fue Francisco Ávalos que, aunque no dijo nada por la emoción que lo embargaba, escuchó el clamoroso grito de bienvenida de los que lo esperaban, con ecos en los más alejados lugares del planeta.
Las naves Fénix emularon, con ventaja, una más cercana antepasada, la conocida como la Bomba Dahlbusch, por su parecido con un torpedo, de 2 metros y medio de largo, con un diámetro de 40 centímetros, que se utilizó para recuperar a tres obreros retenidos en una mina de la región alemana del Ruhr en 1955, a una profundidad de 855 metros, a través de un pozo de 42 metros de largo, desde un nivel de la mina que era superior al lugar de su confinamiento. Fue empleada en otras operaciones semejantes en los siguientes años, pero adquirió gran fama en el conocido como el Milagro de Lengede, ocurrido en 1963, por el rescate de 11 mineros aprisionados 58 metros bajo tierra, en la región alemana de la Baja Sajonia, después de dos semanas de encierro.
En Chile, el ingenio humano venció una distancia mucho menor que la de un remoto 12 de octubre, pero fue para devolverles el mundo a 33 mineros que creyeron haberlo perdido.