Honrar la vida a pesar de las secuelas
El año pasado publicamos el testimonio de vida de Marcelo Vassallo, argentino, padre de dos hijas, quien tras el proceso de recuperación que siguió después de haber tenido un ACV (accidente cerebro vascular) en enero de 2004, definió como una misión personal trabajar para ayudar. Hoy está en el camino de hacerlo realidad, y quiere contarnos sus experiencias, para de ese modo quizás inspirar a otros a buscar su propio rumbo en la entrega y el encuentro o a que nos cuenten sus propias vivencias. Así es que inauguramos esta sección.
Bitácora de un voluntario, por Marcelo Vassallo
Hace algunas semanas me brindaron un espacio de participación y colaboración en la Fundación Al Reparo, organización que trabaja con niños autistas, con lesiones cerebrales y otras patologías y disfunciones neuromotoras, ayudándolos a través de la equinoterapia y la rehabilitación ecuestre, que integra cuatro disciplinas diferentes, la medicina, la psicología, la pedagogía y la veterinaria. Por ahora preparo los caballos, los llevo de tiro (camino al lado del caballo tomándolo del bozal para que se mantenga tranquilo), y les canto canciones a los chicos mientras el profesional especializado hace su trabajo montando con el jinete-paciente.
No me importa la tarea que me den si realmente es lo que están necesitando; sé que de a poco me voy a ir involucrando más con las rehabilitaciones. Por ahora tengo mucho que aprender: ¡la responsabilidad es grande! Cuando veo a los chiquitos (de entre 3 y 10 años, los que conocí hasta ahora), ya no digo ”pobrecitos…”, más bien pienso en cómo los puedo ayudar a que sean felices, a honrar la vida a pesar de sus secuelas.
Cuando se aprende a mirar adentro de uno, no se puede negar ni ignorar la existencia de esa voz que nos habla cuando vemos o pensamos en las diferentes necesidades de la gente. Ésa es la vocación de servicio, el deseo de dar sin pensar en recibir.
En mi caso, soy consciente de esta vocación desde adolescente; en aquella época, mi prima Adriana trabajaba en un centro de rehabilitación de chicos autistas, con Síndrome de Down y otras dificultades o ‘inteligencias diferentes’, y recuerdo cómo me movilizaban sus relatos, que aún tengo presentes. Hoy, con 47 años, y luego del ACV, sé que ayudar es una de mis ‘misiones’ en la vida.
Comprendí que cuando se trata de dar, no hay una sola vez, y que la vocación de servicio no es solamente ser generoso; es brindar una parte de nuestra vida, de nuestra energía diaria, a los demás. Siempre hay alguien que nos necesita, no hay que ser ‘especial’ para ayudar: la mayoría de la gente se sana con amor, y no hace falta ser millonario para brindar afecto. Si desarrollamos la empatía vamos a comprender profundamente las necesidades de la gente y aprender que con un gesto mínimo se puede cambiar la vida de alguien.
¿Por dónde empezar?
A todos nos gustaría ayudar de alguna manera, pero si nos quedamos sentados esperando que nos vengan a buscar, como yo hice por muchos años, es muy difícil que eso ocurra. Una vez que estamos decididos a emprender ese camino, se presenta la primera dificultad: encontrar la forma y el lugar. Muchas veces no es fácil que nos brinden el espacio; la verdad es que hay instituciones que son muy burocráticas, otras muy celosas de sus emprendimientos y algunas más que trabajan en grupos reducidos, como una comunidad cerrada. Pero también están las que consideran el voluntariado como una acción de crecimiento de la obra en sí misma, las que se abren a este gesto de prueba y error, dando y dándose la oportunidad de evaluar tareas, pensamientos y propuestas de personas con sentido común que en definitiva tienen el mismo propósito: ayudar.
Por eso sin importar el motivo, cuando las circunstancias sincronizan, si sientes esa llamada interior, o alguna necesidad en el exterior te llama la atención, ten presente que es un mensaje que bien vale la pena no dejar pasar: es el momento de un cambio… de elevarse, crecer, creer.
(Imagen vía Flickr)